
Parece que al final va a ser cierto eso de
Dios aprieta, pero no ahoga. Por fin se han producido algunos cambios, un pequeño rayo de sol se asoma al hoyo en el que estoy metida.
Mi padre salió el lunes del hospital, pero no es eso lo que me tiene más contenta. Lo que de verdad me alegra es saber que aunque muera mañana mismo, yo ya le he dicho todo lo que le tenía que decir. Ayoze me lo sugirió varias veces: aprovecha el tiempo muerto en el hospital para decirle a tu padre cuanto tengas que decir. Las circunstancias (mucha gente con el enfermo de al lado) no ayudaban, pero como yo estaba decidida, le di la vuelta a una de las hojas de mis apuntes y le escribí lo que tenía que decirle: que le quiero, que ha sido un buen padre y que espero que me perdone por todas las veces que le he hecho sufrir. Y él, que al principio de la tarde parecía medio ido, lo leyó y me abrazó. Le llegó el mensaje.
Por su parte, mi hijo, que es un sol donde quiera que vaya, ya está más que adaptado y se ha pasado la Semana Santa, recorriendo la isla con unos amigos y yo, por supuesto, me alegro muchísimo de que así sea.
Además me han surgido dos oportunidades de relacionarme y cambiar un poco de aires. Por un lado, ya tengo una voluntaria para hacer caída libre sobre las dunas de Maspalomas, cuando yo quiera y no voy a perder la oportunidad, será para finales de este mes o principios del siguiente. Y por otro lado, ya tengo pagado un fin de semana de retiro, de meditación, con Laura (aquella de
mis tardes con Laura) lo que me da una magnífica oportunidad de mantenernos unidas.
Lo demás sigue igual. Sobretodo el trabajo, que cada día me pesa más por culpa de un jefe incompetente.
De todas formas, me he dado cuenta de que no entiendo casi nada, no entiendo la vida, ni a la gente. Mi madre, por ejemplo, que hoy misma me decía que cree que mi padre se recuperará, cuando para mi está claro que cualquier día de estos se muere. Ella misma, ¿es que cree que va a vivir eternamente? Y la gente que se alegra de hacerse vieja, ¡de cumplir años! Hoy estuve casi dos horas acompañando a mi madre en el centro de salud y no hacía más que decirme a mi misma: por dios, no te conviertas en una de ellas, ten la poca dignidad de suicidarte, llegado el momento...la cuestión es si sabré cuando ha llegado el momento. Y es curiosísimo, porque toda la gente de esa generación, o casi toda, cree en dios y en el super reino de los cielos y prefieren quedarse aquí, con mil achaques. No entiendo nada.